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lunes, 28 de enero de 2013

LA TRILLA, EL TRILLO, LA ERA Y EL MUSEO


“El viento separó el grano,
las palas recogieron el trigo,
los brazos guardaron los sacos, 
 ya sí, habrá pan en los meses de frío.”

(PASIONES. Antonio V. Martínez)

TRILLA EN LA CAÑÁ SAN ISIDRO (1953)

SE ACABÓ LA BARCINA

EL TRILLO DE RULOS

TRILLANDO

Las palabras son como partículas diminutas e invisibles que, aunque imperceptibles, tienen vida propia. Las usamos, las abandonamos, retozan, viajan, se alejan y vuelven. Y, en este ir y venir, a veces nos topamos con alguna de ellas cuando apenas la reconocemos.
En el pasado diciembre, al contemplar una rústica y sofisticada mesa, me encontré a su lado, con un trillo convertido en un viejo y carcomido tablero. Lo observé con tranquilidad, cariño, interés y cierta nostalgia; me "habló" de la familia que siempre estuvo a su lado cuando él era muy importante, de sus años de trabajo, de sus grandes hazañas y también de su pequeña historia. Desdibujado y corroído por la distancia, apenas percibí su sombra real: el campo, la siembra, la siega, la barcina, la era, la paja, el trigo, los sacos y el "atroje"...
Remuevo las páginas del diccionario y, junto a la palabra “trillo”, descubro todo un conjunto de vocablos que emparentados con él, me matizan su significado: trilla, trillar, trillador, trilladera, trilladura y también trillón (millón de billones), muy próximo por su sonoridad, pero cargado de ceros y, por lo mismo, alejado y distante en su contenido, sobre todo, de aquéllos antepasados nuestros que lo manejaban como expertos en la eras con el tórrido y asfixiante sol de estío, que se metía en el “sentío, igual que el sonido rítmico e irritante de las “chicharras” escondidas y ocultas por doquier.
Lingüísticamente el trillo es un instrumento para trillar que proviene del latín “tribulum”: “un tablón trapecial provisto de trozos de pedernal o cuchillas de acero encajadas en su cara inferior y que se ata con un tirante a las caballerías para trillar la mies tendida en la era”. Una herramienta de trabajo y un objeto movedizo que focalizaba la atención de nuestros abuelos y bisabuelos durante el periodo estival.
Asociado al trillo aparece la “era”, un camino giratorio por el que, como carrusel de feria, los mulos daban vueltas infinitas sobre la mullida “parva” con la única función de remover y desgranar la mies. Y, en torno a todo esto, un sinfín de términos que delimitaban todo un conjunto de faenas e instrumental necesario: segar, barcinar, aventar, beldar (remover la paja con la horca), la bielga (el rastrillo); cribar el grano y envasarlo en el costal con la cuartilla o el celemín, un vocabulario totalmente desconocido ya para muchos cueveños. Una página pasada, un trabajo duro y pesado para sus principales actores; palabras y más palabras que, como a la paja, el viento se las lleva, si saber cuándo, cómo ni por qué.
Hoy todo ha cambiado, todo ha desaparecido. Con el calor veraniego la actividad ha desaparecido de nuestro pueblo; el descanso, las vacaciones y la búsqueda de nuevas sensaciones marcan nuestras inquietudes. En aquel contexto rural, resultaban inimaginables tales pensamientos. Con la siega, la barcina, el trabajo del campo llegaba a su fin para grandes y pequeños; la “era” se convertía en el principal destino turístico. Ese espacio circular, presente por todos los rincones de nuestras Cuevas y en sus cortijos, pasaba a ser el epicentro de toda la actividad cueveña; un lugar de relación y trabajo en el que los sufridos segadores, agricultores o espigadoras, se concentraban para recoger su cosecha; una dura labor que a menudo se aderezaba con los cantares de trilla, pues como dice la copla, “...cantando, las penitas se divierten y el que canta trabajando, el trabajo no lo siente”.
Y sobre el trillo, haciendo crujir el látigo para animar el sopor veraniego, el labrador entonaba:

“¡Arre, mula!
Ya nos viene la galbana
por aquel cerro
venga o no venga,
 yo ya la tengo.
¡mula!”


La era estaba, casi siempre, al pie de la cueva y a su vez, se convertía en un espacio lúdico para los más pequeños en el que, acompañando a los mayores, nos divertíamos jugando con la paja, pisando la horca -a pesar de los riesgos que tenía: su golpe seco en el cogote o espalda y las risotadas de todos los presentes te hacían sentirte ridículo al convertirte en otra “víctima” más del juego- y colaborábamos paseándonos en el trillo; en otras ocasiones, era un lugar de cita y encuentro para mozuelos y mozuelas románticos e inexpertos amantes. Y en todo momento, para todos aquellos que permanecían en la era al terminar la jornada, en un oasis nocturno de tranquilidad donde dormir, soñar y observar el cielo con su millones de estrellas, algunas atravesando todo el firmamento, descaradamente, ante el asombro y el éxtasis de los presentes o el amanecer del día siguiente segundo a segundo era un auténtico lujo.
Estas experiencias ya son historia del pasado pero las recuerdo, con mucho cariño, cuando sólo tenía, no más de nueve o diez años.
Aun recuerdo “la Cañá de San Isidro plena de mieses y de trillas; el molestísimo e insoportable polvo de las parvas que se colaba en los hogares y el cuerpo, por todos sitios; aquellas “gentes güenas” que nos sembraron sus vidas de futuro, hoy abuelos y bisabuelos nuestros, muchísimos ya desaparecidos y que cuando nos veían a los críos desde lejos con la sonrisa dibujada en la cara nos hacían señales con la mano para que subiéramos a sus trillos.
¡Qué tiempos aquéllos! A veces miro a mi alrededor buscando -inútilmente- sus viejos y arrugados rostros teñidos por el cansancio y el sol de la canícula de agosto.
Pero ya ha pasado el tiempo y la vida sigue su curso. Surgen nuevas necesidades, la industria se impone y, con el progreso, se acelera el ritmo del cambio y se transforman los signos externos de nuestra cultura. Ya se nos esfumó el trillo, la era y sólo perviven como palabras añejas y extrañas que, como material de desecho, descansan en el baúl de los recuerdos de nuestro espacio urbano, aunque desde la Semana Santa Viviente un año, ya, recuperamos la trilla. También el escudo de nuestro pueblo recuerda toda esta época con nostalgia.
Hay veces que me "lleno de rabia", -y perdone el lector mi atrevida expresión- cuando pienso: ¿Tan difícil es reunir esas pocas herramientas y enseres que aún nos quedan de aquellas generaciones y exponerlas en un “MUSEO”, en nuestro pueblo, para así recuperar nuestra memoria histórica?
Quién les explicará a nuestros hijos, nietos y biznietos todo nuestro pasado? ¿O acaso eso ya no nos interesa? A veces pienso que soy un iluso cuando pienso o recuerdo todo esto, cuando lucho contra la nada y mis palabras se las lleva el viento.
¡Cuántos aperos y herramientas ya no están con nosotros porque se han perdido fuera de nuestro pueblo, se han tirado o se están pudriendo en la oscuridad y humedad de muchas cuevas!
No basta con la “trilla”; se ha de aventar, cribar y aprovechar el viento para separar el grano de la paja... no todo es “trigo limpio” en nuestra vida.
El trillo perdió su valor de uso, pero, a pesar de todo, pervive como palabra y mantiene su frescura. Desde esta perspectiva, sigue formando parte de nuestro exuberante lenguaje figurativo a la hora de hacer referencia a todo aquello que realizamos de forma repetitiva y continua. Día a día y de forma constante, todo se trilla: el trabajo, las costumbres, los sentimientos, relaciones sociales, la música y las palabras. Se usan, pasan de moda. Y, “de tanto trillar y trillar”, llega la rutina, perdemos contenido, se deshacen y se las lleva el viento. Pero, muy a menudo, como en la era, ese aire purificador que anima la vida se para, se pierden valores y no rematamos limpiamente la faena. Inmersos en la monotonía, distorsionamos la realidad y corremos el riesgo de quedar atrapados y maltrechos por el camino.
No seamos ilusos y olvidadizos; rechacemos el conformismo, la apatía y mantengamos vivos los signos de nuestra cultura. Y, al pensar en "el trillo", ese viejo y carcomido tablero que sólo sirve como objeto decorativo, recordemos su función y su valor de símbolo. Las dificultades, como la mies, se han de recoger, remover y analizar; pero no basta con la “trilla”; se ha de estar atento a los vientos que soplan para aventar, cribar y separar el grano de la paja, pues como se suele decir vulgarmente, no todo es “trigo limpio” en nuestra vida.

“¡Arre, mula!
 Ventanas a la calle
son peligrosas
 pa los padres que tienen
 niñas hermosas.
 ¡mula!”.

A todos nuestros antepasados, con todo mi cariño y gratitud, y sobre todo mi recuerdo, siempre.

VOLVIENDO LE PARVA

AVENTANDO

RECUPERACIÓN DE LOS OFICIOS PERDIDOS
(SEMANA SANTA VIVIENTE)

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